FRASES: Estambul, ciudad y recuerdos - Orhan Pamuk [VIDEO RESUMEN]

  • Título: Estambul ciudad y recuerdos.

  • Autor: Orhan Pamuk.

  • Año de publicación: 2003.

  • Páginas: 410

  • Calificación en Goodreads: 4

  • Temas: la amargura, Estambul, memoria, olvido, historia.

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Estambul ciudad y recuerdos es un libro autobiográfico del escritor turco Orhan Pamuk. En esta obra, el ganador del Nobel en 2006 nos abre las puertas a su vida e intimidades personales y familiares, a la vez que, con una gran sensibilidad, entremezcla sus recuerdos con la historia de la ciudad que lo vio nacer: Estambul.

En El Estante Literario nos gustan las frases de libros, sobre todo aquellas que logran darnos un pedazo de su sabiduría en pocas palabras, por eso quisimos hacer esta selección de las mejores frases de Estambul ciudad y recuerdos de Orhan Pamuk.

🔗 Lee aquí la reseña completa de Estambul, ciudad y recuerdos de Orhan Pamuk.
🎞️ Mira el video resumen de Estambul ciudad y recuerdos.

 

Personales

Al igual que esos “recuerdos” de la primera infancia de los que nos hemos apropiado escuchándoselos a los demás hasta que por fin empezamos a pensar que realmente somo nosotros mismos quienes los recordamos obstinándonos en contárselos como tales a cualquiera. (...) Al igual que ocurre en nuestras vidas, la mayor parte de las veces es por otros por quienes nos enteramos del significado de la ciudad en la que vivimos.


Aparte de las mujeres guapas, como mi madre, no puedo decir que me gustaran demasiado los adultos. Eran feos, peludos y desagradables. Eran demasiado voluminosos, demasiado pesados y demasiado realistas. (...) El aliento a tabaco o el fuerte olor a perfume me repugnaban y se me clavaban los pelos de la cara y las barbas. Me disgustaba el vello de la parte superior de los dedos y de los cuellos de los hombres y los pelos que les brotaban de las orejas y la nariz, y pensaba que eran criaturas más malvadas y más primitivas que las mujeres.


Las repeticiones son el origen, la garantía y lo muerte de la felicidad.


Cada vez que pienso en ellos recuerdo que lo que hace especial a una ciudad no son solo su topografía ni las apariencias concretas de edificios y personas, la mayor parte de las veces creadas a partir de casualidades, sino los recuerdo que ha ido reuniendo la gente que, como yo, ha vivido cincuenta años en las mismas calles, las letras, los colores, las imágenes y la consistencia de las casualidades ocultas o expresas, que es lo que mantiene todo unido.


Lo primero que aprendí en la escuela fue que había gente que era tonta, y lo segundo que algunos eran más tontos todavía. Como con la edad que tenía aún no me había dado cuenta de que ignorar una diferencia tan fundamental y determinante en la vida, como también lo son las de religión, raza, sexo, clase, fortuna y (en último lugar) cultura, es una muestra de madurez, delicadeza y caballerosidad, cada vez que la maestra preguntaba en clase levantaba excitado el dedo para demostrar que me sabía la respuesta correcta.


A mí me daba la impresión de que mencionaban el nombre de Dios cada dos por tres precisamente porque eran pobres.


No me resultó difícil deducir que la religión era una especia de superstición o de “fe ciega” con todos aquellos “Si lo tocas te volverás de piedra”, “Se quedó mucho”, “Los ángeles vinieron para llevárselo al Cielo” o “Nunca empieces por el pie izquierdo” (...) los refranes, dichos y amenazas que se filtraban verbalmente en nuestra casa republicana y europeísta procedentes de cientos de años de historia de monasterios y cofradías, convertían la vida en una divertida rayuela en la que existieran cuadros y círculos que se pudieran pisar y otros que se debieran saltar.


Al leer un libro, para mí sigue siendo más importante crearme sueños que se adecuen a lo que estoy leyendo que entenderlo.


Si aprendemos a ver así una ciudad y vivimos en ella lo suficiente para tener la oportunidad de unir su paisaje a nuestros sentimientos más auténticos y profundos, un tiempo después las calles de nuestra ciudad, sus vistas, su paisaje, se convertirán en una serie de cosas que, de la misma forma que hay ciertas canciones que nos recuerdan de inmediato amores y decepciones, nos recordarán uno por uno determinados sentimientos y estados espirituales.


Pero cualquier cosa que digamos sobre las características generales de una ciudad, sobre su alma o su esencia, acaba convirtiéndose de forma indirecta en una confesión sobre nuestra vida, y especialmente, sobre nuestro estado espiritual. La ciudad no tiene otro centro sino nosotros mismos.

🔗 Lee aquí la reseña completa de Estambul, ciudad y recuerdos de Orhan Pamuk.

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Sobre Estambul

Todo el que siente curiosidad por darle un significado a la vida se ha preguntado al menos una vez por el sentido del lugar y el momento en que ha nacido. (...) A veces me siento desdichado por haber nacido en Estambul, bajo el peso de las cenizas y las ruinas decrépitas de un imperio hundido, en una ciudad que envejece respirando opresión, pobreza y amargura.


El esfuerzo por occidentalizarse me parecía, más que un deseo de modernización, una inquietud por librarse de todas las cosas cargadas de recuerdos llenos de amargura y tristeza que quedaban del imperio desaparecido: era como tirar a la basura la ropa, los adornos, los objetos personales y las fotografías de una hermosa amante que se ha muerto de repente para librarnos de su destructor recuerdo.


También me gustan las frías noches de invierno porque la oscuridad, que desciende como un poema sobre los desiertos suburbios a pesar de las pálidas farolas, cubre la pobreza de esa ciudad de la que tan lejos estamos y que nos gustaría ocultar de la mirada de los extranjeros, de los occidentales.


Cada vez que uno de esos escritores de generaciones anteriores cuenta cómo le embriagaba la belleza de la ciudad, mientras el ambiente mágico de sus historia y de su lengua me afecta profundamente por un lado, por otro recuerdo que ellos ya no vivía en la gran ciudad de la que hablaban y que prefería las comodidades modernas del Estambul ya occidentalizado. Aprendí de ellos que el precio que hay que pagar para poder elogiar Estambul sin límites y con un entusiasmo lírico es no vivir ya en ella y observar desde fuera aquello que se considera “hermoso”.


Todos tenemos en la cabeza un texto secreto, apenas legible, que da sentido a lo que hemos hecho en la vida. Para muchos de nosotros en Estambul una amplia sección de este texto está ocupado por lo que los occidentales han dicho de nosotros [...] siendo incapaces de depender solamente de la tradición, se agradece la visión extranjera que puede ofrecer una versión complementaria.


Ruskin insinúa que lo pintoresco no puede “conservarse” precisamente por ser fruto de la casualidad. De hecho, lo que hace hermoso el paisaje no es que se conserve su arquitectura, sino todo lo contrario, que esté ruinoso.


Fue por entonces cuando comencé a intuir por primera vez algo a lo que en los años que siguieron le daría muchas vueltas en la cabeza, esa contradicción en sí misma que los occidentales llaman “paradoja”: la realidad de que solo podemos conseguir una personalidad imitando a otros.


El hecho de que en Estambul todo se haya quedado a medias a causa de cualquier derrota ha convertido la ciudad en un lugar incompleto. A pesar de la occidentalización que sufieren los carteles de las calles y los nombres de tiendas, revistas o empresas, la mayoría tomados del inglés o del francés, la ciudad no vive como habla. Tampoco vive como sugieren la multiplicidad de mezquitas y alminares, las llamadas a la oración y la Historia. Todo se ha quedado a la mitad, todo es insuficiente e imperfecto.

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Sobre el Bósforo

En las noches brumosas de primavera en que no se mueve ni una hoja en toda la ciudad o a altas horas de esas noches de verano sin luna, sin viento y sin ruido, cuando vas dando triste un largo paseo a solas por la orilla del Bósforo escuchando solamente el sonido de tus pasos y llegas de repente a un cabo (...) y oyes de repente en medio del silencio el ruido estremecedor de la corriente que ruge con todo su entusiasmo y percibes atemorizado la espuma que brilla blanquísima con una los que no se sabe de dónde la ha tomado el agua, no te queda más remedio que aceptar, tal y como me ocurrió a mí mismo en tiempos y como le pasó a A. S. Hisar, que el Bósforo tiene un alma específica.


“La vida no puede ser tan mala - pienso a veces -. Cuando, al menos, uno siempre puede ir a darse un paseo por el Bósforo.”

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